Al mismo tiempo que se trataba de interpretar infructuosamente los misteriosos jeroglíficos egipcios, el próximo Oriente ofrecía muchos otros retos tan excitantes como éste. Numerosas lenguas cultas esperaban a ser descifradas: el sumerio, el hitita, el antiguo persa… La escritura cuneiforme de los grandes reyes persas, esos mismos que habían tratado de conquistar occidente y a quienes los griegos habían plantado cara con éxito, constituía una asignatura pendiente. Esos mismos reyes fueron quienes dieron la clave a Georg F. Grotefend para comprender las escrituras cuneiformes que testimoniaban la existencia de uno de los mayores imperios de la historia.
El desciframiento de las lenguas antiguas es una de las aventuras más emocionantes y motivadoras de la arqueología. No es en absoluto una tarea sencilla; pero una vez se obtienen los primeros indicios, es imposible abandonar: de pronto, los mensajes sobre piedra, papiro o pergamino empiezan a hablarnos y a explicarnos fascinantes historias de los pueblos del pasado. Las civilizaciones extinguidas renacen en nuestra imaginación a través de sus propios escritos.
George E.S.M. Herbert, conde de Carnarvon, murió de una enfermedad de causas desconocidas el 6 d'abril de 1923, meses después de adentrarse en la tumba de Tutankamon. Fue víctima de una neumonía bilateral, seguida de síntomas que incluían fatiga, dolor de cabeza, insuficiencia respiratoria, adenopatías... Otros miembros del equipo que participaron en la apertura de la tumba también murieron poco después, afectados de enfermedades no aclaradas. Inmediatamente, esto hizo pensar en una maldición. ¿Cómo explicarlo, sino?