Vivimos cómodamente asentados en un mundo al que inocentemente denominamos Tierra, a pesar de que el 70% de su superficie está ocupada por agua. De este mundo sólo hemos podido explorar poco más de un 1%. Para hacernos una ligera idea: hay una profundidad media de unos 2.000 metros en todo el mundo, mientras que nosotros, a pulmón, llegamos a unos 5 metros, los buceadores con equipo llegan hasta los 40 metros sin ponerse en peligro y los submarinos nucleares más poderosos se cree que pueden llegar a los 600 metros. Pero desde siempre, el océano profundo ha sido un potente imán para nuestra imaginación. Sólo hace falta releer la mitología griega, con su impetuoso Dios Poseidón (Neptuno por los romanos) y un montón de fantásticos seres acuáticos como las sirenas, los tritones y las nereidas. Pero sería el genio de la ciencia-ficción, Julio Verne, quien dotaría a la imaginación popular de una nave capaz de sumergirse en el mar y descubrir sus profundidades en 20.000 leguas de viaje submarino.
Las montañas rusas como el Dragón Khan no funcionan con motores. Su propulsión se debe principalmente a la fuerza de la gravedad. De forma simplificada, en una montaña rusa se sube un vagón/cochecito a un punto muy alto y después se lo deja caer. Ciertamente todas las subidas, bajadas, loops y giros han de estar muy bien calculados para que el vagón ¡no se quede a medio camino!
Ausiàs March escribió poesía a la manera de los trovadores durante la primera mitad del siglo XV. El amor es el tema de la mayoría de sus poemas, en los que la voz poética del enamorado se queja del sufrimiento que debe soportar, y se dirige a una dama cuyo nombre esconde tras un pseudónimo (el "señal"), y a la que a menudo pide merced (favor y clemencia).