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Un compañero de viaje inseparable. Es así como podríamos definir al lenguaje. Si nos paramos a pensar unos momentos, nos daremos cuenta que antes de poder leer las horas o de saber abrocharnos los zapatos, ya dominamos —y pronto es dicho— nuestra lengua materna. Además llamar bien temprano a nuestras vidas, el lenguaje también se caracteriza por su independencia respecto a las facultades intelectuales.
Así pues, el don de la comunicación debe ser para todos y esto lo demuestra el hecho que personas con disminuciones psíquicas se expresen perfectamente y como todo el mundo en su primera lengua. En el marco de la independencia del lenguaje, también debemos mencionar el papel absolutamente prescindible de su enseñanza: escolarizados o no, todos acabamos desarrollando nuestras capacidades comunicativas. El lenguaje, no obstante, no se mueve sólo en el eje social; también está presente en el geográfico.
En cualquier atlas lingüístico comprobaremos que no existe ninguna civilización en el mundo sin lengua.
El hito intelectual más remarcable
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Así definía L. Bloomfield (1887-1949) el simple hecho de hablar una lengua. En cualquier caso, remarcable es un adjetivo insuficiente para definir el papel de la naturaleza en la adquisición del lenguaje humano. Es ella quien prevé y reserva un espacio en nuestro disco duro (cerebro) para que nosotros instalemos los drivers de un programa denominado lenguaje.
El programa, disponible en las versiones verbal, manual-visual, icónica o musical, se distribuye a cada comunidad lingüística sin excepción.
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Lotus Head
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Pero... ¿cómo es posible que con sólo cinco años ya podamos crear un número indefinido de mensajes, si todo el input lingüístico que hemos podido recibir es limitado y casi siempre deformado o alejado de la realidad?
El aprendizaje de una lengua en las criaturas pasa por un proceso curioso. En vez de reproducir aquello que sienten y que nunca reflejará la globalidad de la lengua, activan unas reglas de juego con las que crean y combinan constantemente expresiones nuevas. No nos damos cuenta, pero nuestro cerebro discrimina entre el vocabulario nuevo y las herramientas gramaticales (conjunciones, formación de plurales,...) que establecen relaciones lógicas entre palabras o frases.
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Leandro Cavinatto
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Esto se aprecia también en el nacimiento de una lengua criolla o lengua de la segunda generación de esclavos de una colonia. Allá, se enviaba gente de todas partes que, para comunicarse, debía recurrir a palabras básicas de la lengua de la metrópoli.
Sin gramática y con un orden oracional inestable, el nuevo código habitual de comunicación (pidgin) pasaba a la segunda generación de esclavos: se usaban las mismas palabras, pero sorprendentemente surgía un nuevo orden oracional consensuado y, además, aparecían conectores gramaticales inéditos en cualquiera de las lenguas maternas de las primeras generaciones.
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¡Hablará inglés desde el primer día!
Si la capacidad del lenguaje es inherente al hombre y su adquisición es tan rápida como efectiva, ¿por qué cuesta tanto aprender una lengua extranjera? Generalmente, los primeros contactos llegan cuando tenemos entre seis y diez años, tierna edad que ya no lo es demasiada, en cambio, para la adquisición de lenguas.
Hay un cierto consenso acerca de la existencia de un periodo crítico sensible a esta adquisición. La plasticidad de los circuitos neuronales que se implican desaparece por un efecto de maduración a partir del quinto o sexto año de vida.
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Desgraciadamente la potente maquinaria, —un niño puede llegar a adquirir tres lenguas—, tiene fecha de caducidad: toda lengua aprendida fuera de esta etapa lleva la etiqueta de “extranjera” y el adiestramiento de la misma acontece conscientemente y de manera ardua.
Debemos entender que el cerebro, en unos cinco años, ya nos ha facilitado el acceso al lenguaje como medio importantísimo de integración social. A partir de este momento dedicará energías a desarrollar otras tareas propias de otras edades. Parece, pues, que el aprendizaje de lenguas extranjeras no está previsto en nuestro estatuto biológico. Todo esto se observa muy bien en casos de sordomudos que no habían aprendido el lenguaje de signos durante el periodo crítico.
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© Leigh Schindler
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Se ha comprobado que estas personas, ya adultas y después de intentar aprender este lenguaje, no lo han dominado nunca del todo. Muchos demostraban, incluso, una competencia lingüística de un niño de tres años.
Casos como este ente pueden sorprender, pero no debemos olvidar que a los parlantes de lenguaje verbal nos pasaría exactamente lo mismo si durante nuestros primeros años nos privaran de la exposición lingüística.
La diferencia radica en la accesibilidad: difícilmente, exceptuando casos de aislamiento y/o exclusión sociales, queda obstaculizado el contacto con un lenguaje verbal; el acceso al lenguaje de signos, hoy en día mucho más extendido, no ha sido tradicionalmente tan común por razones obvias.
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