|
Al mismo tiempo que se trataba de interpretar infructuosamente los misteriosos jeroglíficos egipcios, el próximo Oriente ofrecía muchos otros retos tan excitantes como éste. Numerosas lenguas cultas esperaban a ser descifradas: el sumerio, el hitita, el antiguo persa… La escritura cuneiforme de los grandes reyes persas, esos mismos que habían tratado de conquistar occidente y a quienes los griegos habían plantado cara con éxito, constituía una asignatura pendiente. Esos mismos reyes fueron quienes dieron la clave a Georg F. Grotefend para comprender las escrituras cuneiformes que testimoniaban la existencia de uno de los mayores imperios de la historia.
Una apuesta casi imposible
El 9 de junio de 1775 nació en Münden (Alemania) Georg Friedrich Grotefend. Cursó estudios de Filología en la universidad de Göttingen y en 1797 empezó a impartir clases como maestro auxiliar en el Liceo de la misma ciudad; en 1803, gracias a la publicación de un excelente trabajo, fue nombrado pro-rector del Liceo de Frankfurt y posteriormente co-rector; en 1817 fundó una sociedad de filología dedicada al estudio de su lengua, el alemán; en 1821 fue nombrado director del Liceo de Hannover, puesto que ocupó hasta su jubilación en 1849, como correspondía a un funcionario oficial. Falleció el 15 de diciembre de 1853. |
Georg Grotefend.
|
|
A pesar de llevar una vida aparentemente ordenada, tranquila, moderada y libre de extravagancias, Grotefend cometió también alguna locura que la historia debe agradecerle: a los veintisiete años de edad, hallándose en un pub con un amigo y tras haber bebido algo de más, tuvo la idea de hacer una apuesta verdaderamente absurda. Se comprometió a hallar la clave para descifrar la escritura cuneiforme de los antiguos persas. Lo único que tenía a su disposición eran algunas malas copias de inscripciones halladas en la antigua ciudad de Persépolis. Pero afrontó el problema con despreocupación juvenil y, gracias a su extraordinario ingenio, logró lo que los mejores especialistas de la época habían considerado imposible. Y así, no cabe decirlo, ganó la apuesta.
En 1802, apenas un año después, presentaba a la Academia de Ciencias de Göttingen los primeros resultados de sus investigaciones: Artículos para la interpretación de la escritura cuneiforme persepolitana. Unos trabajos que hoy todavía destacan entre la ingente cantidad de trabajos filológicos de la época y posteriores.
|
El punto de partida
Como material de trabajo, Grotefend contaba únicamente con algunas inscripciones de la época de los reyes aqueménidas (siglos VI-IV a.C.) halladas en Persépolis, ciudad que entonces constituía la capital del Imperio Persa. Los símbolos cuneiformes semejaban saetas que se combinaban para crear formas distintas. Quizás ello fuera reflejo de la devoción persa por estas armas y síntoma del orgullo que sentían por sus temibles arqueros cuyas flechas cubrían el cielo en el campo de batalla. Aunque los más probable es que simplemente fuera una cuestión práctica a la hora de realizar las inscripciones. Los primeros estudiosos consideraron que los signos de la antigua escritura persa tenían forma de cuñas, y por ello la bautizaron como escritura “cuneiforme”, que significa precisamente “forma de cuña”.
Inscripciones en cuneiforme persa.
En cuanto al contexto histórico, de los antiguos persas sólo se sabía lo que los autores griegos habían dejado escrito, especialmente Heródoto.
Con sólo estos recursos contaba Grotefend para salirse con la suya. Se podría decir que prácticamente partía de cero.
Representación de la ciudad de Persépolis, capital del Imperio Persa en la época de los reyes aqueménidas. Por Charles Chipiez, 1884.
Primeros pasos
El joven Grotefend tenía delante dos inscripciones que empezaban de forma muy similar. Comprobó en primer lugar algo que los estudiosos ya habían observado: un grupo de signos se repetían con mucha frecuencia. Los expertos sospechaban que tal conjunto de signos podría significar la palabra “rey”. De hecho, el mismo grupo de signos volvía a aparecer pero acabando de forma distinta y más larga. Se había sugerido al respecto que se trataría de la forma plural: “reyes”.
En las dos inscripciones de Grotefend, además, acompañando a la supuesta palabra “rey”, aparecía otra palabra, la misma en ambos textos. E iniciando el texto, cada inscripción contaba con una palabra distinta.
Esto a Grotefend le sugirió una idea. En los monumentos del imperio persa sasánida, un imperio que surgió varios siglos después del aqueménida (entre el III y VII d.C.), y cuya escritura se había descifrado con anterioridad, se utilizaban fórmulas para referirse a las grandes hazañas de sus soberanos como ésta: “X gran rey, rey de reyes”.
La idea de Grotefend era simple; sin embargo a nadie se le había ocurrido antes. ¿No podía ser que esas mismas fórmulas hubieran perdurado por los siglos igual que nuestros “descansa en paz” han sido utilizados durante cientos de años en nuestros monumentos funerarios? Así pues, Grotefend pensó que la palabra que aparecía delante del supuesto término “rey” significaría “gran”, y que las palabras que iniciaban los textos harían referencia al nombre de dos reyes distintos.
Imagen de nobles persas en una pared de Persépolis.
La clave: los grandes reyes persas aqueménidas
Grotefend empezaba a darle sentido al rompecabezas. Pero ahora necesitaba conocer los supuestos nombres de los reyes que habían inspirado aquellas inscripciones. Enseguida se percató del hecho que el nombre de uno de ellos aparecía en la otra inscripción, pero el segundo no aparecía en la primera. A cambio, aparecía otra palabra más larga. Pero el resto del texto era prácticamente idéntico.
Grotefend, ya intuyendo de qué se trataba, volvió a acudir a las inscripciones persas más modernas. En efecto, era lo que él imaginaba: “X, gran rey, rey de reyes,…, hijo de Y, gran rey, rey de reyes...”. Se encontraba delante de dos reyes persas que fueron padre e hijo. El rey padre, además, debía tener a su vez un padre que no fue rey, porque el nombre de su progenitor no se acompañaba de la palabra “rey”.
Así pues se trataba de dos reyes aqueménidas que fueron padre e hijo, y de un abuelo que no fue rey. Grotefend sólo tenía que acudir a las fuentes históricas para encontrar un trío semejante.
Si en la serie de los más famosos reyes persas logro hallar un grupo de generaciones que coincida con este esquema tendré la prueba evidente de que mi teoría es acertada, y habré descifrado las primeras palabras de la escritura cuneiforme.
Y se puso manos a la obra; entre todos los reyes aqueménidas encontró tres tríos candidatos. La elección, no obstante, no fue complicada, tal como él mismo explica:
No podía tratarse de Ciro y de Cambises, porque los nombres en ambas inscripciones no empezaban con la misma letra, ni podían ser Ciro y Artajerjes, porque el primer nombre, en comparación con el segundo, era demasiado corto, y el otro demasiado largo. Por lo tanto, quedaban sólo los nombres Darío y Jerjes, ya que éstos se amoldaban tan fácilmente a los caracteres, que no podían ofrecer duda.
El padre del rey Darío, el abuelo que no fue rey del trío escogido, era Histaspes.
El último paso
Si el joven filólogo estaba en lo cierto, debía existir una coincidencia entre aquellos símbolos (letras) que compartieran los tres nombres propios (Darío, Jerjes e Histaspes). De modo que ahora faltaba averiguar la forma en que estos nombres se escribían en su idioma original. Hasta entonces, Grotefend había partido de la grafía de los nombres de los reyes tal como la había transmitido el cronista griego Heródoto. Hacía falta, pues, darles forma persa para descubrir, por la exacta determinación del valor de cada signo, el nombre del rey y el idioma en que las inscripciones estaban escritas.
En el Zend Avesta, título colectivo de los libros sagrados persas, Grotefend halló que el nombre de Histaspes dado por los griegos era en persa Goschasp, Gustasp, Kistasp o Wistasp. Elegió de ellos el primero, Goschasp. Para el rey Darío, usó la forma Darheush.
A continuación comparó estos dos nombres y buscó si se repetían, como era de esperar, los símbolos correspondientes a las letras A y SH.
Efectivamente, como podemos observar, así fue. Aún más correspondencias encontró cuando incluyó en su análisis comparativo el tercer nombre: Jerjes, que según Grotefend investigó debía ser Shharsha.
Así pues, para gran satisfacción de Gotefrend, daba la impresión de que todo concordaba, exceptuando la primera letra de Jerjes. Basándose en referencias antiguas y modernas, Gotefrend completó el nombre de Jerjes con una letra inicial, la “k”.
De esta manera, gracias a los nombres de dos grandes reyes aqueménidas y su predecesor, el joven filólogo, inmerso en una empresa casi imposible por una absurda apuesta, pudo hallar la equivalencia a 13 signos cuneiformes, y abrir así el camino hacia el desciframiento total de aquella lengua antigua y de otras más semejantes a ella. El esplendor del antiguo imperio persa renacía de nuevo de sus propios escritos.
Desciframiento de uno de los textos que usó Grotefend.
La senda abierta por Grotefend
Los descubrimientos de Grotefend fueron seguidos de algunas correcciones que mejoraron el conocimiento del cuneiforme hasta lograr su total desciframiento unos 30 años después. Entre otras cosas, se comprobó que combinaba signos fonéticos y silábicos.
Investigaciones posteriores revelaron que la forma correcta para Darío debía ser Daryavush, y no Darheush. Lo mismo ocurrió con Histaspes, cuya forma persa correcta se comprobó que era Vyshtasp, en vez de Goshtasp. De modo que de los 13 signos que desveló Grotefend, cuatro de ellos resultaron erróneos.
Pero el error no era grave y lo importante ya estaba hecho.
No obstante, los trabajos de Grotefend en este campo fueron rechazados por la comunidad científica durante su vida y murió sin recibir el debido reconocimiento por ellos.
|
Relieve del rey Darío. Persépolis.
|
Diccionario cuneiforme persa
¿Quieres conocer otros desciframientos?
|
|