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Vercingetórix, el héroe que unió a los galos contra César Imprimir E-Mail
escrito por Núria Soto   
martes, 05 de febrero de 2008

Vercingetórix, el héroe que unió a los galos contra César

 

El orgullo del pueblo galo es conocido por todos gracias a los cómics de Astérix.

En el volumen titulado El Escudo Arverno, Astérix y  Obélix recuerdan la  victoria de  Vercingetórix en la  batalla de Gergovia, pero se niegan a  hablar de  Alesia, el lugar donde los galos fueron finalmente vencidos por los romanos. Sin embargo, el pueblo galo podía estar orgulloso de  esta derrota. Con Vercingetórix al mando, las diferentes tribus de la  Galia se unieron para hacer frente a Roma y ofrecieron una fuerte resistencia hasta el final.

¿Dónde estaban las Galias?

Según las distinguían los romanos, la Galia Cisalpina estaba en el norte de  Italia, antes de  cruzar los Alpes, y  la Galia Transalpina estaba al otro lado de los Alpes, desde el norte de Italia.

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La Galia Comata comprendía las actuales Francia y Bélgica, era la más extensa y se denominaba así, que en latino significa Galia  Cabelluda, porque sus habitantes se dejaban el pelo muy largo. 

Aunque la gente del sur estaba muy romanizada, la Galia Cisalpina casi no participaba en los asuntos romanos ni disfrutaba de las ventajas de los aliados de Roma. Ni siquiera se reclutaba a los habitantes para la  infantería romana.

La Galia Transalpina había sido conquistada por los romanos en el año 120 a.C. para asegurarse el paso de los ejércitos hacia Hispania. La Galia Cabelluda no fue conquistada hasta la época de Julio César.

¿Quiénes eran los galos?

Los habitantes de las Galias, los galos, conocían la  existencia y  el poder de los romanos y en general evitaban cualquier contacto con ellos. Eran agricultores y granjeros que defendían firmemente a sus campos y a su rey. Guerreros temibles, pero sin afán de  expansión.

Sus sacerdotes recibían el nombre de  druidas. Y su costumbre era fabricar y beber cerveza, lo que los romanos ni entendían ni aprobaban, aficionados como eran al cultivo de la viña. Altos y fornidos, rubios o pelirrojos y  de ojos azules o grises, para los romanos, los galos eran bárbaros, pueblos con costumbres completamente diferentes. Pero tenían una civilización adelantada y un gran comercio establecido.

La guerra de las Galias

La Guerra de las Galias comprendió una serie de  ocho campañas anuales, desde el 58 hasta el 51 a.C., realizadas por las legiones romanas comandadas por Julio César contra los pueblos galos, y que permitieron a  la  República Romana anexionar todo el territorio de la  Galia, e incluso algunas partes de la Germania. 

En el año 58 a.C. Julio César recibió poderes para gobernar la  Galia  Transalpina, en el  actual sur de  Francia, durante 5 años; en vez de  realizar un mandato rutinario, inició esta guerra para conquistar la  Galia Cabelluda. Se trataba de  un territorio llano, con grandes bosques y  muchos recursos agrícolas por explotar; y  los romanos sabían que las tribus celtas que la habitaban se peleaban entre ellas continuamente.

Julio César allí se dirigió con la  excusa de que debía socorrer a una tribu aliada de  Roma, los eduos, que habían sido invadidos por los belgas. Sin embargo, una vez allí, decidió quedarse con sus seis legiones. Esto provocó la  inquietud  de los galos y  el inicio de  las luchas con los romanos.

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Julio César.

Vercingetórix el galo

En el año 53 a.C., Julio César había vencido  todas las batallas contra los galos aprovechando su punto débil: la  división que reinaba entre los diferentes pueblos de la  Galia.

Sin embargo, aquel mismo año, la  tribu de los eburones, dirigida por el galo Ambiorix, se rebeló contra la invasión romana, y derrotó a una de las legiones de César, que perdía así una cuarta parte de sus tropas. La rebelión de los eburones fue la primera derrota clara de los romanos en la Galia e inspiró sentimientos nacionalistas revolucionarios por toda la región. 

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Moneda de Vercingetórix.

Las tribus galas empezaron a darse cuenta de que sólo vencerían a Roma si se mantenían unidas. Y se convocó un concilio de dirigentes en Bibracto.

El concilio declaró a  Vercingetórix, cuyo nombre significa “el gran jefe de los guerreros”, comandante de los ejércitos unidos de la Galia. Vercingetórix, de  la tribu de los arvernos, fue el único jefe de tribu que supo convencer a buena parte de los jefes galos de la necesidad de unirse bajo su mando para hacer frente a Roma.

La batalla de Gergovia

La estrategia de la tierra quemada

En el momento de la alianza de los galos en contra de los romanos, Julio César se encontraba en su campamento de invierno, situado en la Galia Cisalpina. En seguida se enteró de la matanza de todos los ciudadanos romanos, tanto colonos como comerciantes, que se había producido en las ciudades galas más importantes y se vio obligado a volver inmediatamente, atravesando los Alpes en pleno invierno, para sofocar la  nueva revuelta.

César se dirigió rápidamente hacia al norte en persecución de Vercingetórix y fue destruyendo ciudades a su paso. Sin embargo, esto era precisamente lo que quería Vercingetórix, atraer a César, evitando el combate frente a frente, en el cual se pondría de manifiesto la  superioridad de los romanos. Al mismo tiempo, a su paso quemaba y destruía ciudades y campos con el fin de impedir que las tropas de César consiguieran alimento. Con esta táctica, denominada de la tierra quemada, los galos pretendían debilitar a su oponente.

Vercingetórix vence a los romanos

Los galos, interesados en el desgaste de los romanos, evitaban el enfrentamiento directo. Los dos ejércitos ya se encontraban muy cerca, cada uno en  una orilla del río Allier, cuyos puentes habían sido destruidos.

Los dos ejércitos avanzaban hacia al sur, cada uno por su lado del río, hasta que un día Julio César escondió dos legiones y  dejó que la  columna principal continuara adelante. Vercingetórix siguió a los romanos hacia el sur como cada día desde el otro lado del río. Entonces las dos legiones que permanecían escondidas cruzaron el río y se acercaron a los galos por la  retaguardia, obligando a  Vercingetórix a  huir para retirarse a  Gergovia, una gran fortaleza situada en una meseta de  pendientes muy pronunciadas.Vercingetórix mantenía una posición defensiva muy fuerte desde el cerro de  Gergovia, de   modo  que César quiso sitiar la  fortaleza con un nuevo engaño.

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(c) Look & Learn Magazine. 

Hizo adelantar la  caballería por la  parte más transitable, mientras que el resto de  la  legión empezaba a  atacar por una de  las zonas con más pendiente. Sin embargo, Vercingetórix se dio  cuenta a tiempo de la estrategia y  envió refuerzos para contener el ataque inesperado. Desde su posición aventajada, infringió una dura derrota a los romanos, que se vieron obligados a  retirarse, tras sufrir muchas bajas. El héroe galo se procuró así el apoyo de  más tribus. La  batalla de  Gergovia había dado la vuelta a la tortilla en favor de los galos: eran ellos quienes ahora amenazaban los romanos.

La batalla de Alesia

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Vercingetórix pide ayuda a los galos en la defensa de Alesia. 

Una fortificación sorprendente

En el verano del año 52 a.C., Julio César salió victorioso de los diversos enfrentamientos que tuvieron lugar entre las caballerías romana y  gala, de forma que Vercingetórix decidió que no era el momento para una batalla a  gran escala y  agrupó a sus tropas en  la  fortaleza de  Alesia, donde se produciría la  batalla definitiva que pondría punto y  final a  la  Guerra de   las Galias.

Alesia estaba situada en la cumbre de  un cerro y  contaba con importantes defensas, se trataba de  una fortaleza natural muy parecida a  Gergovia, desde la cual se dominaban todos los valles de los alrededores. Ante la  imposibilidad de  un asalto frontal y  tras la  derrota de  Gergovia a  causa de  un ataque precipitado, César decidió aislar a sus enemigos y hacer que se rindieran por hambre y  por sed. 

Para  asegurarse un perfecto bloqueo, mandó construir un perímetro circular de  muros  de  18 kilómetros de  longitud y  de 4 metros de  altura, con torres espaciadas regularmente, algunas de  hasta 24 metros de  altura. También excavaron fosos de  4  metros y  medio de  anchura y de  cerca de  medio metro de  profundidad.  El foso más cercano a  la  fortificación se llenó de  agua desviada desde los ríos cercanos, otro de los fosos fue construido en forma de  V para que no se pudiera poner el pie en el fondo. Finalmente, se colocaron toda clase de  trampas: agujeros ocultos, palos afilados, estacas de  hierro, etc.

Esta obra de  ingeniería sorprendente fue edificada en tan sólo 3 semanas y  constituye una de las estratagemas más astutas de la historia militar. Aun así, no nos debe extrañar tanto. César era un especialista: en una ocasión, cuando ejercía de regidor en la ciudad de Roma, había desviado el río Tíber hasta al interior del Circo Máximo para simular una batalla naval como entretenimiento del público.

bviamente, el ejército de Vercingetórix intentó boicotear los trabajos romanos, pero no pudo impedirlos. Aun así, una parte de la caballería pudo escapar de  la  ciudad por una de  las secciones que todavía no estaban acabadas. Entonces, César, que preveía la llegada de  tropas de socorro que lo atacarían desde fuera, hizo construir una línea defensiva exterior, parecida a la primera, de unos 21 kilómetros de perímetro. De este modo, los romanos quedaban protegidos entre ambas fortificaciones. ¿Conseguiría Vercingetórix acorralarlos y hacer que Julio César quedara atrapado en su propia trampa?

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Una lucha encarnizada

A los galos, cercados dentro la  fortaleza de Alesia, les empezaron a escasear los víveres. 80.000 soldados más la población civil autóctona era demasiada gente para las pocas provisiones que quedaban. Según los cálculos de Vercingetórix, la comida no duraría ni un mes. Así, la tribu de los mandubios, originarios de Alesia, decidió expulsar de la fortaleza a todo aquel no apto para la lucha, es decir, a las mujeres y a los niños. Tenían la esperanza de que César los dejaría escapar o los haría esclavos, lo cual, pensaba Vercingetórix, daría
a su ejército una oportunidad para romper las filas enemigas. Sin embargo, César tampoco podía permitirse el lujo de alimentarlos, así que ordenó que no se hiciera nada por ellos. Mujeres y niños de Alesia, junto con discapacitados, murieron de  hambre entre las paredes de la ciudad gala y de la fortificación romana.

Poco después, cuando los hombres de Vercingetórix amenazaban ya con la  rendición, las tropas galas de refuerzo hicieron aparición. Mientras éstas asaltaban las murallas exteriores, el ejército de Vercingetórix atacaba las interiores. Aun así, todo esfuerzo fue en vano.

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Al día siguiente, en cambio, sí que los galos tuvieron más suerte. Atacaron a los romanos durante la  noche, amparados por la oscuridad, y estuvieron a punto de vencerlos, pero la  caballería reaccionó deprisa y salvó la  situación. A estas alturas, la situación del ejército de Julio César era también delicada. Se empezaban a  racionar los alimentos y los hombres estaban extenuados.

El pánico delante de la derrota 

Al día siguiente, el 2 de octubre del año 52 a.C., los galos descubrieron lo que César había conseguido esconder hasta entonces: el punto débil de la línea de defensa de los romanos, el punto de la fortificación por donde resultaba más fácil atacarlos. Se trataba de una zona en la que obstrucciones naturales impedían la construcción de  una muralla continua. Esta vez los galos pusieron a los romanos entre la espada y la pared. Entonces César decidió arriesgarse y agotar sus últimas fuerzas de reserva. Ataviado con la inconfundible capa roja y cabalgando su caballo blanco, él mismo recorrió el perímetro animando a los legionarios, lo que los impulsó a lanzarse ferozmente contra los galos en un último esfuerzo. El pánico se apoderó de las tropas de Vercingetórix, que trataron de huir, pero fueron exterminadas a causa de la  desorganizada retirada.

La  derrota final de las Galias

Dicen que, tras la derrota de Alesia, cada hombre de  las legiones de César recibió un galo como esclavo. Alesia fue el final de la alianza y la resistencia galas. Las Galias pasaron a ser provincias romanas y no volvería a haber ningún movimiento para una nación unida y libre hasta el siglo III d.C. La victoria de César supuso, pues, la romanización de la Europa Occidental.

Además, el éxito de Alesia contribuyó enormemente a aumentar el poder y la ambición de Julio César, que crecerían hasta transformar la Antigua República Romana en el Imperio Romano.

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La rendición de Vercingetórix delante de Julio César.

 
 
 
 
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