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Universo Dalí Imprimir E-Mail
escrito por Patricia Ordóñez   
jueves, 22 de noviembre de 2007

Universo Dalí

La genialidad de Dalí va más allá de sus obras. Como todo gran genio, cultivó diversos artes sobre los cuales poder descargar sus obsesiones. Provocador, excéntrico, impulsivo... Es difícil englobar por completo tanto su faceta artística como su personalidad. Aquí os ofrecemos una pincelada de lo que significó la obra y la figura del genio ampurdanés.

Primeros pasos

La vocación de Dalí (1904-1989) por el arte fue precoz y prometedora desde un principio. De jovencito tubo que demostrar a su padre autoritario que realmente quería ser pintor y aceptó ir a la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Mientras profundizaba sus estudios artísticos en la capital, se presentó con éxito a algún concurso y escribió crónicas sobre sus artistas preferidos, como Goya, Greco o Velázquez.

Su paso por la Residencia de Estudiantes (1922) fue decisivo en su carrera; dedicó mucho tiempo a experimentar y explorar diferentes técnicas y movimientos, como el futurismo, el cubismo o el impresionismo. Allá entabló amistad con los que también se convertirían en grandes y reconocidos artistas: Lorca y Buñuel. Mientras tanto, iba creciendo su conciencia política y social: protagonizó alguna protesta estudiantil, dando a conocer su lado más provocador. 

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Chica en la ventana (1935).

En 1926, afanoso de visitar por primera vez París y encontrarse con Picasso, volvió a la Escuela de Bellas Artes, de la cual lo expulsaron definitivamente por declarar incompetente el tribunal que le había de examinar. De nuevo en Figueres, su carrera se impulsó con diferentes exposiciones en Barcelona, a las Galerías Dalmau. Además, se implicó en la crítica contra el arte convencional catalán, con la publicación del Manifiesto amarillo, junto con Lluís Montanyà y Sebastià Gasch. Su “vida pública” no hacía más que empezar. 

Un surrealista diferente: el método paranoico-crítico

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El descubrimiento de América por Cristóbal Colon (1958-59).

En 1929 viajó a París, dónde gracias a Miró entró en el círculo surrealista que lideraba André Breton. Este movimiento afectó a todas las artes pero también era un estilo de vida. Dalí no dudó en hacerlo suyo, aun cuando de una forma muy particular que a Breton no le haría mucha gracia, debido a su actitud extravagante y excesivamente provocadora. Desde entonces, la obra e ideas del ampurdanés tomaron una estética completamente surrealista.

Las bases del surrealismo se centraban en la necesidad de liberar la imaginación, acceder al subconsciente, donde se forjan las obsesiones humanas, y representar el mundo de los sueños, puesto que es en estos dónde se expresan estas obsesiones. Para Breton, el arte debía plasmar el más profundo de la mente de forma automática, dejándose traer por la intuición, sin que la razón intervenga.

De esta manera las imágenes serian un reflejo auténtico de la realidad interior del ser humano.

Pero Dalí encontró un estilo propio, apartado del automatismo y manteniendo el espíritu surrealista. Elaboró el “método paranoico-crítico”, un lenguaje que iría con él el resto de su vida y que el propio Breton consideró fundamental para el movimiento que lideraba.

Con este método consiguió construir un arte vehículo de sus obsesiones, que fusionaba aquello consciente e inconsciente, aquello simbólico y auténtico, de forma espontánea pero a sabiendas de que se suspendía la razón voluntariamente. Él mismo lo definió como método basado en “el poder repentino de asociación constante, propio de la paranoia, que ayuda a sistematizar la confusión y contribuye al descrédito total de la realidad”. La idea era reflejar las imágenes nacidas del delirio, de la obsesión, como las que aparecen en los sueños.

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Crucifixión (1954).

En estos, a veces una imagen se transforma en otra repentinamente, se desdobla y adquiere formas irreales pero familiares. 

La manera de conseguir que el arte transmitiera el desconcierto característico de la fantasía interior era a través de una técnica próxima a la realidad, con figuras muy definidas, casi fotográficas. Se debía hacer creíble algo que parecía real pero no lo era. Sólo creando figuras irreales con un estilo preciso se conseguía transmitir la misma sensación que en los sueños, y por lo tanto, hacer del arte el apoyo y vehículo del inconsciente.

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Suburbios de la ciudad paranoico crítica (1935).

El triángulo Dalí

Para los amantes del arte daliniano es muy recomendable no perderse los tres espacios donde Dalí pasó y dedicó parte importante de su vida: el Teatro-Museo Dalí, su casa en Portlligat y el castillo de Púbol. En ellos late el espíritu del artista y son una demostración de como vivía por el arte. Es interesante hablar por la importancia que tuvieron en su vida y obra, pero también por ser en sí mismos una aportación más de su ingenio.

A partir de los años 40, Dalí empezó su periplo por los Estados Unidos (vivió ocho años en Nueva York), dónde su vida pública creció. Allá, y acompañado de la hipnótica Gala, empezó un camino imparable hacia la fama, con múltiples exposiciones, colaboraciones destacadas en teatro y cine (Recuérdate de Hitchcock, Destí de Disney, etc.), y con algún que otro escándalo.

Pero nunca se desató de su tierra natal: mantuvo su lugar de residencia y de trabajo habituales a Portlligat (Cadaqués). 

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Retrato de Mae West (1934-35).

Aquí permanecen todos los objetos que acompañaron a Dalí a lo largo de su vida y las creaciones que incorporó, haciendo de su vivienda un espacio completamente surrealista. Durante una etapa en la cual dedicó su obra a aquello místico y a la ciencia nuclear, con imágenes tan sugerentes como Cristo de San Joan de la Creu, compró el castillo de Púbol, lugar de descanso y refugio para Gala. Dalí quería que su mujer se sintiera cómoda, por eso decoró a su gusto todos los rincones del castillo. Este, pasó de ser un lugar deteriorado con un aire romántico, a transformarse en una más de las invenciones dalinianas.

En 1974 se inauguró el Teatro-Museo Dalí de Figueres, después de 13 años de gestación; un lugar de sueño, una obra de arte total que fue concebida y diseñada por el artista.

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La Madona de Port Lligat (1950).

Este museo pretendía ser una encarnación de sus obsesiones y placeres, con el objetivo de ofrecer al visitante una experiencia verdadera de su mundo interior.

Una vez proclamó: “¿donde sino en mi ciudad debe perdurar aquello más extravagante y sólido de mi obra?”. Sin duda, el Teatro-Museo Dalí, uno de los más visitados del mundo, le ha dado la inmortalidad.

La persistencia de la memoria o los “relojes tiernos” (1931)

En esta obra entran en juego muchos de los elementos obsesivos a los cuales Dalí recorrió constantemente. Presentada en París, fue la primera obra expuesta dónde sistematizó la esencia del método, y acabó convirtiéndose en una de las creaciones más emblemáticas y reconocidas del genio ampurdanés.

El artista explica a Vida secreta como le surgió la idea: como en una visión, observó la imagen crepuscular de Portlligat, dónde encontró un olivo con ramas cortadas y sin hojas. De pronto, aparecieron dos relojes tiernos, uno de ellos colgado de una rama.

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Dalí nos ofrece, dentro de un paisaje reconocible, una serie de elementos enigmáticos, de forma que el espacio se vuelve onírico. Al centro, una cabeza con la nariz grande, la lengua y las pestañas largas y sin boca, descansa sobre la arena. Esta cabeza es el que también protagoniza El gran masturbador (1929) y otras obras, como autoretrato obsesivo. Las hormigas y la mosca, que recorren los relojes, forman parte de las aversiones del genio; las hormigas le provocaban especial repugnancia y las asociaba a la muerte o a la descomposición de la materia. La mosca la adoptó de la figura de Santo Narciso, patrón de Girona, que atacaba a los enemigos de la ciudad con moscas.

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El gran masturbador (1929).

En esta obra los insectos se relacionan estrechamente con la futilidad del tiempo y su relación con los recuerdos. Como los sueños, y con el paso del tiempo, los recuerdos se deforman y debilitan, y aún así siempre siguen ahí, del mismo modo que los relojes tiernos continúan marcando la hora. El tiempo y el espacio no son permanentes en el mundo de los sueños, sólo existen en nuestra vida organizada.  

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Leda atómica (1949). 

La percepción del tiempo, pues, es subjetiva, se contrae, fluye, dependiendo de como la miramos. Los relojes expresan esta visión delirante de la irracional, que se enternece y se funde.

Al método paranoico-crítico, adquiere importancia la fusión de aquello tierno y aquello duro, que son metáforas de la paranoia y la crítica, de lo inconsciente y lo consciente. En esta obra se plasma la contraposición de los relojes blandos respeto la dureza de los acantilados de Portlligat. Para Dalí triunfa lo irracional frente a la realidad del espacio natural, que queda en un segundo plano.

Más adelante, tras la Segunda Guerra Mundial, recuperaría esta obra con el título Desintegración de la persistencia de la memoria, para aplicar su creciente interés sobre la ciencia tras ver las consecuencias destructivas de la energía atómica. 

Algunas frases 

  • “El verdadero pintor es aquel que es capaz de pintar escenas extraordinarias en medio de un desierto vacío. El verdadero pintor es aquel que es capaz de pintar pacientemente una pera rodeado de los vicisitudes de la historia.”
  • Sobre sus bigotes: “me sirven para inspirarme, como las antenas de los aparatos de radio sirven para captar ondas”
  • Sobre la genialidad: “un genio sabe que lo es en el momento en qué las ideas que al cerebro le parecen más improbables se transforman en cheques”
  • “Los relojes tiernos son como el queso Camembert, por ser tiernos, extravagantes, solitarios y paranoico-críticos” 

Recursos

  • http://www.salvador-dali.org
  • Dalí, Salvador. Diario de un genio. Barcelona: Tusquets Editoras, 2004
  • Dalí, Salvador. Vida secreta de Salvador Dalí. Barcelona: Empúries, 1993
  • Gibson, Ian. La vida excesiva de Salvador Dalí. Barcelona: Empúries, 1998

 
 
 
 
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