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Afrontar la muerte Imprimir E-Mail
escrito por Jordi Royo   
jueves, 27 de marzo de 2008

Afrontar la muerte

Así como cada individuo es único y cada vida es diferente de las otras, lo mismo pasa con la muerte. Comprender el concepto de muerte es fundamental para comprender el concepto de vida, puesto que uno no existe sin el otro.

No debemos dejar engañarnos por los medios de comunicación que nos presentan muertes crueles y violentas. Pues al contrario, hoy en día la mayor parte de las muertes acontecen por causas naturales.

Por tanto, tenemos que aceptar la muerte con naturalidad, como una parte de nuestro proceso vital, pese al fuerte componente emocional que comporta una pérdida.

Integrar la idea de la muerte en nuestro pensamiento nos permite construir nuestras vidas de acuerdo a propuestas vitales más conscientes, meditadas, y no malgastar demasiado tiempo ni preocupaciones en cosas de importancia relativa.  

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La muerte es un fenómeno:

Natural: si no hay causas antinaturales (accidentes, violencia, etc.), se produce, en la mayor parte de los casos, como consecuencia del envejecimiento y/o de enfermedades ocasionadas por procesos de desgaste de nuestro organismo en su relación con el medio ambiente.

Universal: bien sea por una u otra circunstancia, todas las personas han muerto y morirán a lo largo de la evolución de la humanidad.

Único: el propio concepto de muerte (final de la vida) comporta irreversibilidad y, a cada persona, le acontece sólo una vez. 

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Epona, diosa celta de los caballos, las curaciones y la muerte.

Prepararse para afrontar la muerte

No existe una manera ideal de prepararnos para la pérdida de un ser querido y la dureza que ello comporta. Aún cuando en unos casos la muerte es predecible y en otros no, sí que podemos hacer algo para apaciguar este sufrimiento posterior causado por aspectos que nos puedan quedar pendientes: viviendo con aquella persona como sentimos que la tenemos que vivir, estando con ella, también compartiendo y expresando nuestros sentimientos...

Todo aquello que no queremos afrontar o que postergamos por inseguridad, miedo o vergüenza, se transformará, una vez aquella persona ya no esté, en vacíos que difícilmente se llenarán, porque son característicos y únicos, fruto de nuestra relación con ella. Serán las vivencias compartidas antes, las que llenarán estos agujeros y, por lo tanto, los asuntos pendientes que puedan quedar pueden ser causa de un gran sufrimiento, por eso es importante solucionarlo en vida.  

Tampoco hay una manera ideal de prepararnos para nuestra propia muerte, pero podemos tratar de disfrutar y vivir el presente de la manera más integradora posible, ser uno mismo y compartir con las personas que queremos los momentos que vivimos juntos, porque son únicos e irrepetibles.

El luto: un proceso natural, necesario e indispensable

El luto es aquel tiempo de aflicción causado por la muerte de una persona querida o próxima. Puede ser vivido de varias maneras: con tristeza, sufrimiento, incomprensión, sentimientos de ira, miedo, culpa, etc., frente la injusticia percibida que representa la pérdida de alguien importante en nuestra vida. El proceso de luto sirve, pues, para “desatar los nudos” que se nos han hecho por dentro tras una pérdida.

Puede haber dolor físico, psicológico y espiritual, tanto por lo que hemos perdido como por la incertidumbre de no saber qué hay más allá.

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Una persona hundida por este dolor nunca debe sentir vergüenza por sus sentimientos o sus lágrimas, y se debe naturalizar la expresión de este dolor como parte de un proceso que es natural y necesario.

Cada proceso de luto conlleva su tiempo, y no es verdad que por el hecho de que el dolor sea menos fuerte y más corto signifique que la queríamos menos. Hay personas que han podido empezar el proceso antes de la pérdida, que han podido trabajar y cerrar los temas pendientes o bien, por sus características personales, tienen más facilidad para poderlo superar.

El sufrimiento genera crecimiento. Para superar la pérdida es fundamental que integremos aquello que hemos vivido y transformar el “por qué” en “para qué” ha sucedido aquello; qué puedo hacer y qué puedo aprender.

No hay un patrón único

Falta de concentración, pérdida del hambre, agotamiento vital, negación, emotividad desbordada, soledad y desamparo, depresión, culpa..., estos sentimientos son normales durante el proceso de luto y no nos tenemos que alarmar si una persona los está experimentando. La vivencia y el periodo de duración del luto son únicos para cada persona y, por lo tanto, debemos respetarlos. 

Compartir el proceso

Nunca podremos llegar a sentir aquello que está sintiendo una persona que ha perdido a alguien (aún cuando también hayamos sufrido una pérdida parecida), pero sí que podemos ayudarla compartiendo su dolor, sus estados de ánimo, sus miedos, sus silencios, sus malas caras, etc. Debemos respetarla y aceptarla incondicionalmente, sin cuestionar ni juzgar.

Las palabras también son importantes y, por lo tanto, aunque hayamos pasado por una situación similar, es recomendable cambiar lo “sé lo que estás sintiendo o lo que estás pasando” por un “entiendo que la situación por la cual estás pasando es difícil/ no es fácil, pero estoy a tu lado para todo lo que necesites”. Nadie, solamente aquella persona, sabe lo que siente, porque su relación con la persona perdida era única y diferente, pero agradecerá de todo corazón saber que puede contar con alguien que le acompañará en aquellos momentos tan difíciles.

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La muerte del príncipe de Talmont (1823), de Fleury-François Richard.

Tenemos que evitar acelerar el proceso (puesto que la prisa todavía angustia más) respetando y dando a cada cual la posibilidad de disponer del tiempo necesario para digerirlo, porque el proceso debe ser natural y espontáneo. Eso sí, no debemos confundir el respeto con la dejadez personal, ni tenemos que olvidar que se debe mantener unas rutinas, horarios, actividades y muestras de afecto con el fin de asimilarlo y continuar adelante.

Podemos soportar el dolor

La emoción y el dolor llevan a la transformación, y por tanto, en el supuesto de que sean soportables, no se debe recurrir a la medicación, si no es imprescindible. El dolor y el sufrimiento son soportables: nuestros antepasados sobrevivieron, a pesar de no tener un botiquín lleno de medicamentos, y eso que antes la esperanza de vida era más corta y las vivencias de muerte eran más cotidianas. 

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El día de la muerte (1859), de William-Adolphe Bouguereau.

No es culpa nuestra

Frente la pérdida de un ser querido nos invade una infinidad de preguntas y en ocasiones interpretamos este hecho vital como un castigo divino o el cumplimiento de un deseo íntimo (si es que hemos pensado en alguna ocasión que ojalá se muriera alguna persona y finalmente ha ocurrido). A esta situación la llamamos “pensamiento mágico”, y no nos debemos sentir culpables porque nada de lo que se haya podido pensar o decir provocará la muerte de alguien.

Aspectos que nos pueden ayudar con el afrontamiento de la muerte y el luto

Compartir la última etapa de la vida de una persona nos puede servir para integrar todas las vivencias que hemos compartido con ella y así prepararnos, empezar a organizar y planificar lo que será nuestra vida sin la existencia física de aquella persona. 

A la vez que nos preparamos psicológicamente para aquello que tememos, también lo podemos hacer con nuestro cuerpo, de diferentes maneras. 

Estar a su lado

Frente la vivencia de una enfermedad grave de un ser querido, es importante estar bien informados de la situación real de lo que está pasando (es decir, saber la verdad), para poder estar y vivir en el presente, y a la vez prepararnos para el futuro.

A esta persona que está viviendo sus últimos días, podemos hacerle compañía, hablarle de nuestras cosas, darle la mano, darle un beso, un dibujo o una carta... Aunque hacia el final es probable que el aspecto físico del enfermo esté deteriorado y no exprese muchos sentimientos, es importante estar ahí.

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La muerte de Cleopatra (1658), de Guido Cagnacci.

Incluso cuando parece que no nos puede ver ni escuchar, sí que nos puede sentir, así que cualquier muestra de afecto y comunicación (aún cuando ésta sea no verbal) nos servirá para conectar con aquella persona.

En el proceso de acompañamiento de una persona con una enfermedad terminal siempre hay una persona sobre la que recae el peso principal de esta tarea y que es denominada cuidador/a principal. Es importante, tanto para el equipo médico como para la familia, saber quién adopta este rol, y a la vez es muy importante también estar a su lado y apoyarla porque también sufre mucho emocionalmente por la propia situación.

Pero, sobre todo, lo que es más importante es vivirlo y estar, y sólo sabremos estar si somos nosotros mismos en cada momento, incluso en los momentos de silencio. Si somos capaces de superar las vergüenzas y estar al cien por cien, llegaremos a formar parte de aquellas pocas personas que pueden olvidarse de todo lo superfluo y dirigirse a aquella persona diciéndole “te quiero”, porque sabemos que no les queda mucho tiempo de vida. Es muy recomendable, finalmente, hacer las cosas que verdaderamente se desean hacer. 

Una red para no caer

En nuestros momentos de soledad, tanto antes como después de la pérdida, podemos hablar y compartir esta tristeza con algún familiar, amigo o compañero, escribir sobre estos sentimientos, pintar, etc.

Familiares, amigos y conocidos son redes de apoyo social (es decir, actúan como “una red” que hace la función de amortiguar el golpe para que éste sea menos doloroso) y son muy importantes en la integración de todo este proceso. Aún cuando sentimos la necesidad de alejarnos de nuestro entorno y de nuestros seres queridos, es importante compartir con ellos todo el proceso: antes, durante y después.

Al mismo tiempo también es importante que la pérdida, una vez ocurrida, se haga real, para así poder afrontarla desde la misma realidad. Por tanto, es recomendable que se participe en los actos y rituales funerarios, siempre y cuando uno crea que puede asistir y se vea capaz de participar.

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Diosa azteca de la vida y la muerte.

Afrontar la realidad, no olvidarla

Algunos mecanismos de defensa que podemos adquirir para afrontar la pérdida son o bien no hacer nada, o bien hacer más actividades que nunca, en un intento de no pensar ni sentir aquello que nos está pasando. Pero lo único que conseguiremos con estas actitudes es posponer el proceso, puesto que tarde o temprano tendremos que afrontarlo.

Es importante recordar, pero sin convertir el recuerdo en refugio, y afrontar el presente con todas las posibilidades que la vida nos brinda para vivirla. Tenemos que aceptar el dolor para transformarlo y seguir adelante.

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Lord Byron en su lecho de muerte (1826), de Joseph-Denis Odevaere.

No es del todo cierto que ya nada volverá a ser igual, pero pese a que no vuelva a ser igual, no quiere decir que sea mejor o peor, sino diferente, con personas que irán llenando aquellos espacios que se nos han vaciado.

Tampoco nos debemos culpar por los momentos de olvido o de bienestar tras una pérdida, porque forman parte del proceso y son muestras de que, poco a poco, lo vamos superando. La vida continúa y habrá momentos en que nos volveremos a sentir bien. A veces nos sorprenderemos volviendo a sonreír, recuperando la experiencia vital perdida, disfrutando de lo que hacíamos antes pese a la falta…, pero es muy importante vivir también estos momentos para ir, progresivamente, reenganchándonos a la vida.

 
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