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Revolucionó la escultura en un momento
en el que la pintura estaba deslumbrando por su constante y variada renovación
formal. Aunque con un reconocimiento tardío, su original manera de trabajar la
materia fascinó hasta convertirse en uno de los más importantes artistas de
finales del S. XIX y principios del XX.
Rodin
se educó en la Escuela de Artes Decorativas de París, al margen del
academicismo de la Escuela de Bellas Artes. Su forma de entender la escultura
iba más allá de la rigidez y tradicionalismo de la enseñanza oficial, por lo
que se enmarcó en un ámbito mucho más abierto, creativo y artesanal, que
encajaba con su visión del arte.
Aunque
Rodin se vio influido por movimientos artísticos de su época, no se aferró a
ninguno de ellos. Construyó un estilo propio basado en la libertad de la
materia, capaz de expresar por sí misma sentimientos y deseos.
Su
admiración por el tratamiento del movimiento en obras de artistas
renacentistas, como Miguel Ángel, le llevó a estudiar la anatomía humana. De
este modo, cada detalle esculpido, cada músculo, cada gesto, sería expresión de
la psicología humana.
La puerta del Infierno
Su primer encargo importante tardó en llegar. Tras el éxito y reconocimiento obtenido en el Salón de París de 1878, Rodin empezó a recibir ofertas sugerentes. Una de ellas, la más significativa por lo que supondría en su carrera, fue la Puerta del Infierno.
La Dirección General de Bellas Artes le pidió que realizara una obra de grandes dimensiones para el futuro museo de Artes Decorativas de París. Basándose en la primera parte de la Divina Comedia, de Dante, Rodin se embarcó en un proceso interminable de búsqueda de formas sobre las que no dejaría de trabajar a lo largo de su vida.
El escultor debía representar a los personajes y escenas de esta parte del libro, caracterizada por el sufrimiento y tormento humanos. La mejor manera de reflejarlo era utilizar como eje narrativo los cuerpos desnudos de los personajes, y expresar a través de su anatomía las situaciones narradas.
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La puerta del Infierno.
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| El conjunto está formado por figuras independientes. En total, creó
unas 186 pequeñas piezas, que reprodujo en diferentes formatos. Obras
tan famosas como El pensador, El beso o El hijo pródigo, tuvieron su
origen en este encargo pero pasaron a la historia como esculturas
autónomas. |
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El pensador.
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El pensador y El beso
El pensador, figura central de la puerta, es un retrato de Dante. El poeta se nos muestra como un
hombre presionado por las desgracias que se le presentan en su mente. Su
postura es de gran solemnidad, al estilo de Miguel Ángel, y es propia del poeta
que medita, melancólico y atormentado. De esta obra hay más de veinte versiones
en diferentes museos.
Otra de
sus piezas más admiradas es El beso,
en un principio llamada Francesca de
Rimini. Rodin nos presenta a uno de los personajes del Infierno de Dante,
que se enamoró del hermano de su marido, quién les descubrió y asesinó. La
posición de los personajes es de completa entrega, ella se deja llevar por la
pasión, y abraza a su amante fuertemente, atrayéndolo hacia sí. La belleza y la
expresividad de la composición son máximas. Algunas personas de renombre en
Francia le encargaron una versión de esta obra, que como El pensador, fue reproducida en diferentes formatos y materiales.
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El beso.
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Para Rodin era muy importante la libertad del artista en el momento de crear. Primero, debía escoger el motivo a representar y, después modificarlo a través de su imaginación de manera que el resultado fuera una imagen nueva para el mundo. El escultor no podía permitir que nada ni nadie determinara su modo de trabajar.
Con sus trabajos, el monumento dejó de ser una alegoría de un personaje homenajeado. No representaba a la persona magnificándola, ni rodeándola de símbolos de gloria; tampoco la subía a un pedestal que le otorgara superioridad. Rodin tan solo pretendía magnificar la expresividad de los personajes y para ello sus esculturas públicas debían estar a la altura de la gente.
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Una nueva concepción del monumento y la escultura pública
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En Los burgueses de Calais se puede observar todo esto,
aunque el gobierno de la ciudad decidió finalmente ponerla sobre un
pedestal. Esta obra muestra la esencia del arte de Rodin. Seis hombres
de proporciones similares forman un conjunto, pero hay espacio entre
ellos. Cada uno tiene un rostro y postura individualizados. No se narra
un instante preciso, sino que se intenta reflejar a través de la
anatomía lo que cada uno está pensando y sintiendo en ese momento. Esta
exteriorización de lo interior se puede ver en las proporciones, que no
son del todo lógicas; por ejemplo, las manos y los pies son demasiado
grandes. La mirada de Rodin era en este sentido muy estricta: el tamaño
de cada miembro estaba determinado únicamente por el sentimiento que se
quería reflejar.
En el monumento a Balzac ocurre algo similar.
Nos encontramos ante un bloque inmenso de bronce, en el que el reconocimiento
del personaje queda reducido a su rostro severo. El cuerpo no está definido, lo
cubre una gran capa, y sus rasgos son desproporcionados. La fuerza psicológica
de Balzac se expresa a través de la textura de las formas, que en casi todas
las obras de Rodin parecen estar inacabadas, sin pulir. Este monumento es un
claro ejemplo de que para representar el estado interior fielmente, había que
distorsionar la anatomía, crear formas duras deliberadamente, según palabras
del escultor.
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Monumento a Balzac.
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El legado de Rodin
El escultor francés hizo de su taller un punto de reunión, intercambio y aprendizaje para muchos escultores de la época. Sus esculturas nacieron del esfuerzo y la constancia de él y sus ayudantes pero no hay duda de que sin la esencia de sus principios no hubiera pasado a la historia.
En el S.XX, artistas como Maillol o Lucien Schnegg intentaron seguir la estela de Rodin. Veían su obra sincera, llena de fuerza y expresividad, una recuperación del clasicismo pero llevándolo a las inquietudes contemporáneas.
La tendencia de Rodin a presentar fragmentos del cuerpo como esculturas acabadas abrió el camino de algunos artistas después de la 1ª Guerra Mundial, que tenían la necesidad de representar la angustia y el deseo a partir de lo fragmentario.
Numerosas exposiciones en la actualidad demuestran cómo la obra del escultor francés sigue fascinando.
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