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Es un hecho: nos
encontramos inmersos en una situación de crisis económica mundial, cuyas
proporciones todavía son difíciles de valorar. Pese a que se hable tanto de
ella, muchos de nosotros desconocemos sus causas. Sabemos que la crisis ha
venido de fuera, de los EE.UU. concretamente; sabemos que está relacionada con
el mercado inmobiliario y las entidades financieras (bancos y cajas); pero ¿qué
papel han jugado realmente estos agentes en la crisis? ¿Y por qué una crisis al
otro lado del Atlántico puede afectarnos?
El mercado
inmobiliario despega
Nuestra historia
empieza cuando, a principios de este nuevo siglo XXI, el mercado inmobiliario
en los EE.UU. (y también en Europa) experimenta un boom sin precedentes,
espoleado por la bajada del precio del dinero. Que baje el precio del dinero
significa, a grandes rasgos, que pedir un crédito o una hipoteca sale mucho más
barato. Es decir, los intereses que hay que devolver al banco que nos presta el
dinero son más bajos. Este hecho, potencia que los ciudadanos se aventuren a
comprar pisos y casas, pidiendo la correspondiente hipoteca a sus bancos. A
medida que aumenta la demanda de viviendas, las inmobiliarias incrementan sus
precios (es la ley de la oferta y la demanda). El valor de pisos y casas sube
como la espuma, convirtiéndolos en una inversión segura. Comprar una vivienda
se convierte en una inversión de futuro. Esto espolea más la adquisición de
propiedades inmobiliarias. Ergo, sube más su precio y se construyen casas por todas partes. Es un círculo vicioso cada vez más acelerado, que tarde
o temprano deberá descarrilar.
El negocio de los
bancos decrece
Las entidades financieras son empresas o instituciones que
viven de prestar dinero y cobrar intereses por este préstamo. Es decir, si un
banco me presta 1.000€, yo le tendré que devolver 1.100€, por ejemplo. Estos
100€ son los intereses que el banco obtiene de beneficio por haberme dejado su
dinero un tiempo. Bien, en realidad no es exactamente su dinero, pues los
bancos también obtienen “su” dinero pidiendo préstamos a terceros. En primer
lugar, los bancos obtienen dinero a préstamo de todos los clientes que abren
una libreta, una cuenta corriente o la cuenta que sea. Cuando el Sr. Gutiérrez
abre una libreta en el Banco de Cuenca e ingresa dinero, lo que hace es
prestárselo al banco, el cual paga unos intereses al Sr. Gutiérrez. Los
intereses que el banco paga al Sr. Gutiérrez, por supuesto, son más bajos que
los intereses que cobra cuando presta dinero a otros clientes. Los bancos
también optan por prestarse dinero los unos a los otros, en lo que se denomina
el mercado interbancario. Finalmente, también pueden optar por invertir en
empresas privadas y, si aciertan la inversión, obtener beneficios.
Para los bancos y las cajas de ahorros, que baje el precio
del dinero es mala cosa. Significa que los beneficios que obtenían cobrando
intereses por la concesión de créditos e hipotecas se reducen. Su negocio
decrece. Los directivos, entonces, empiezan a pensar en nuevas formas de
reflotar el negocio; buscan nuevos productos para ofrecer a sus clientes e
incrementar de nuevo sus beneficios.
Los bancos
contraatacan: un nuevo invento financiero
Para contrarrestar el
efecto de la bajada del precio del dinero, a alguien en los Estados Unidos se
le ocurre que la solución será ofrecer muchos más préstamos.
Pero claro, si ya
se ofrecían todos los préstamos posibles, ¿a quienes ofrecerán préstamos ahora?
La solución pasa por ampliar el abanico de posibles clientes a quienes ofrecer
préstamos. Así nacen los préstamos de alto riesgo: préstamos a personas a
quienes habitualmente el banco no dejaría ni cinco euros, pues son personas sin
trabajo fijo, sin ingresos fijos y sin propiedades para avalarlos. Por
supuesto, el negocio de los préstamos está basado en la confianza, la confianza
de que los prestatarios devolverán el dinero a los prestamistas. ¿Y cómo pueden
asumir los bancos un riesgo como este? Fácil: sólo prestarán dinero a estos
clientes cuando el objetivo del préstamo sea comprarse una vivienda. Puesto que
el negocio inmobiliario está por las nubes y en ascenso, los bancos americanos
confían que la casa que compran sus clientes de alto riesgo no hará otra cosa
que aumentar de precio, y, si el cliente no paga, la podrán vender por más
valor y listos. Además, puesto que el riesgo que corren es alto, pueden
permitirse cobrar mayores intereses.
Así, en los Estados Unidos nacen las hipotecas subprime, hipotecas concedidas a
clientes con un alto riesgo de impago, basadas en la provisional buena salud
del mercado inmobiliario. Es decir, hipotecas que podríamos denominar “basura”.
El riesgo se hace
global
Cuando los bancos americanos ya han dejado todo su dinero a
sus clientes y necesitan más dinero para seguir haciendo negocio, deciden hacer
dos cosas: pedir préstamos a bancos de cualquier parte del mundo o bien vender
las hipotecas basura a otros bancos o empresas financieras mundiales.
Que un
banco le venda una hipoteca a otro, significa que los hipotecados pasan a deber
el dinero a este nuevo banco y este nuevo banco asume el riesgo del impago.
Claro está, los bancos de todo el mundo tampoco son tontos y no querrán comprar
un producto como éste. Por ello, los bancos americanos crean un nuevo invento:
hacen paquetes de hipotecas que incluyen hipotecas de poco riesgo (buenas) e
hipotecas de alto riesgo (malas), les ponen un nombre que suene bien (como Mortgage Backed Securities, o MBS, que
todavía suena mejor) y se dedican a venderlos por todo el mundo. Por si fuera
poco, inventan otros productos que también suenan muy bien, pero que en
definitiva no hacen otra cosa que enmascarar la “basura” que contienen. Así
empieza a propagarse el riesgo financiero por medio mundo.
Los señores del Banco de Cuenca no tienen ni la menor idea
de que sus prestigiosas inversiones en los Estados Unidos están llenas de
“basura”. El Banco de Cuenca ha decidido comprar estos productos al Banco del
Grand Canyon, por ejemplo, y no es consciente del riesgo. En otras palabras,
cuando el Sr. Gutiérrez ingresa su dinero en la oficina del Banco de Cuenca de
su pueblo, inmediatamente este dinero va a parar al Banco del Grand Canyon y es
prestado a una de aquellas personas sin trabajo fijo, sin ingresos fijos y sin
propiedades. Consecuencia: el dinero del Sr. Gutiérrez empieza a correr un riesgo
considerable (viva la globalización). Por supuesto, el banco es responsable de sus inversiones, y tiene
la obligación de devolver el dinero al Sr. Gutiérrez. ¿Pero qué pasa si pierde
su dinero? Aquí entrarían las medidas tomadas por los gobiernos, que deciden
recorrer a los fondos públicos para asegurarnos el dinero que tenemos en los
bancos.
Todo se hunde:
estalla la burbuja inmobiliaria
De pronto sucede lo que muchos preveían pero nadie quería
oír a hablar: el mercado inmobiliario americano se desploma, porque sube el
precio del dinero y ya no es tan atractivo invertir en vivienda. Por otra
parte, como no podía ser de otra manera, las hipotecas de alto riesgo dejan de
pagarse porque los hipotecados no pueden hacerles frente. Los bancos americanos
(y los que compraron las hipotecas) se quedan con sus casas, pero no pueden
venderlas. El dinero se ha esfumado. Todo esto provoca un estado de
desconfianza creciente entre bancos. Nadie se fía de nadie. Casi no se dejan
dinero los unos a los otros, y si lo hacen aplican intereses muy altos. Puesto
que los intereses que la gente paga cada mes por sus hipotecas (como el
EURIBOR) dependen de los intereses que los bancos se aplican entre ellos cuando
se dejan dinero, éstos suben estrepitosamente. Resultado: todo el mundo que
tiene una hipoteca, en los Estados Unidos o en Cuenca, se encuentra con que la
cuota mensual que pagaba para devolverla se ha incrementado exageradamente.
La crisis se propaga
a todos los sectores
Los fabulosos inventos de los bancos americanos desembocan
en la desconfianza de los bancos mundiales. Como consecuencia, los bancos no
tienen dinero. Por esto, dejan de dar préstamos o de conceder hipotecas. Sin
hipotecas, la gente no puede comprarse una vivienda; así pues, el mercado
inmobiliario se desploma en cualquier parte del mundo. La gente que ya tiene
hipotecas, ve su economía doméstica comprometida con la subida de las cuotas
mensuales hipotecarias. Como consecuencia, se apreta el cinturón y deja de
consumir tanto. Puesto que los ciudadanos dejan de consumir tanto, las empresas
obtienen menos beneficios y deben recortar gastos, por ejemplo, despidiendo
trabajadores. Evidentemente, estos trabajadores se tendrán que apretar todavía
más el cinturón, cosa que no contribuirá a paliar la crisis. Uno de los
sectores más perjudicados es el automovilístico (también basado en los
préstamos bancarios, pues habitualmente compramos un coche gracias a un
crédito) y, poco a poco, la crisis va llegando a otros sectores de consumo.
¿Hasta cuándo durará
la crisis?
Esta es un pregunta que todos nos hacemos pero que nadie hoy
por hoy podría contestar con seguridad. El motivo es que se desconoce el
volumen de dinero implicado en todo este desmadre de hipotecas “basura” y,
todavía peor, se desconoce el grado de afectación de la mayoría de entidades
financieras implicadas. Por suerte, en España las autoridades financieras
tomaron una serie de medidas muy estrictas mucho antes de que todo esto pasara,
que hacen del sistema bancario español uno de los más robustos del mundo. La
capacidad de respuesta de los gobiernos mundiales es también muy superior a la
que nunca se ha tenido, y su acción posiblemente tamponará los efectos de la
crisis. Muchos expertos opinan que esta crisis pasará en cosa de un año o dos,
y que nos dejará con una lección bien aprendida: hace falta controlar mucho más
de cerca los negocios de los bancos.
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