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Un gran edificio en forma de caracol se acaba de ultimar cerca de Cerdanyola del Vallés. La construcción esconde un anillo de 268 metros de circunferencia. En el interior del anillo, correrán electrones a la velocidad de la luz, dando 100.000 vueltas cada segundo. Cuando estas partículas se mueven así producen una luz especial, de una pureza única. Los científicos planifican utilizar los valiosos rayos, emitidos por las partículas alocadas, para escudriñar todo tipo de cosas: desde células humanas hasta cuadros góticos. Con esta luz, se puede escrutar lo que ningún microscopio podría llegar a ver.
El gran anillo de Cerdanyola se llama ALBA y es un sincrotrón. Este tipo de dispositivo es, para los científicos de hoy, lo que fue el microscopio para los investigadores del siglo XIX. Pero un microscopio cabe en una mesa de laboratorio, mientras que un sincrotrón es grande como un campo de fútbol. Gracias al microscopio, científicos de hace dos siglos descubrieron el mundo de los microbios y de las bacterias. Los de hoy, quieren adentrarse en un mundo mucho más pequeño: observar el interior de las células, fabricar robots 10.000 veces más pequeños que un pelo humano o descubrir obras de arte escondidas detrás de sutiles capas de pintura.
El sincrotrón, un microscopio muy especial
Todo esto es posible gracias a la luz de sincrotrón, una radiación tan pura y sutil que penetra en los lugares más escondidos de la materia. Cuando unas partículas cargadas son aceleradas, irradian esta luz tan especial. Esta radiación se produce en la naturaleza en fenómenos violentos y de gran energía en el espacio. Los científicos fabrican grandes máquinas como ALBA para producirla de manera artificial y que se pueda utilizar. Para conseguirlo, se disponen alrededor del gran anillo una serie de aperturas que filtran los rayos de luz. Después, se proyectan estos rayos contra un objeto. Estudiando cómo la luz atraviesa el objeto, se consiguen reconstruir los detalles más sutiles de su estructura.

Imagen aérea del sincrotrón Alba a finales de septiembre de 2009.
El primero de estos dispositivos, pensados para acelerar partículas a velocidades extraordinarias, se fabricó en el año 1947 en los laboratorios de investigación de la empresa norteamericana General Electrics. Desde entonces, se han construido más de medio centenar de sincrotrones en todo el mundo y se han sucedido los descubrimientos más inesperados.
Por ejemplo, a principios de este año, los científicos que trabajan en el sincrotrón situado en Grenoble (Francia) decidieron escudriñar con la luz de su máquina un cráneo fósil, que perteneció a un animal parecido a un tiburón, que vivía hace 300 millones de años. Con gran sorpresa, descubrieron que dentro de los huesos se había fosilizado también el cerebro del animal, el más antiguo encontrado hasta ahora. El año 2007, un equipo del sincrotrón norteamericano de Stanford descubrió un manuscrito escondido en las páginas de un libro de plegarias medieval. Cuando lo irradiaron con la luz de sincrotrón, vieron que el texto que se podía leer se había escrito encima de otro texto mucho más antiguo (un comentario sobre un libro de Aristóteles) después de borrarlo y lavar el pergamino.

Imagen del interior del sincrotrón Alba a finales de septiembre de 2009.
Escudriñar las células humanas
Uno de los experimentos más pioneros que se llevará a cabo en ALBA será utilizar la luz de sincrotrón para observar el pequeño mundo que se esconde en una célula humana. “El sincrotrón permite radiografiar los orgánulos y otros componentes de la célula”, explica Eva Pereiro, responsable del experimento. “Asimismo, permite estudiar las diversas etapas de un proceso biológico –sigue- por ejemplo, se podría estudiar toda la secuencia de cómo un virus entra en una célula”.
ALBA entrará en funcionamiento a finales del año 2011, pero las piezas clave se terminaron de montar en septiembre, y a principios de diciembre los primeros electrones alcanzarán la enorme velocidad necesaria para que el dispositivo funcione. El conjunto de las infraestructuras del laboratorio ocupan seis hectáreas y 300 km de cables le proporcionan conectividad. Una losa de hormigón de un metro de grueso dispuesta debajo de todo el edificio le da estabilidad. Una central eléctrica funciona sólo para garantizar energía a la máquina. Cuando entre en funcionamiento, ALBA será la instalación científica más cara y grande de España y la más meridional de este tipo en Europa.
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