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Los temas más recurrentes en el arte, desde la poesía hasta la pintura, son aquellos que tratan sentimientos universales, aquellos que prácticamente todos hemos vivido alguna vez con intensidad. Este mito recoge uno de estos temas: el dolor por un amor imposible, inalcanzable; la aflicción producida por el rechazo del ser amado. Así, desde hace siglos, el arte y la literatura han encontrado en la historia de Apolo y Dafne su referente para hablar del martirio de amar y no ser correspondido.
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Apolo y Dafne (Gian Lorenzo Bernini, 1621-1624)
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Un día, el dios Apolo, famoso por su arrogancia, osó menospreciar el arco y las flechas del amor de Cupido. Este, ofendido, decidió vengarse del bello Apolo mediante el veneno del amor. Desde lo alto del monte Parnaso, el hijo de Venus disparó dos flechas envenenadas. Una, la flecha dorada del amor, se clavó en el pecho del dios del Sol. La otra, la del desdén, negra como la noche más profunda, atravesó el corazón de la ninfa Dafne.
Tal como la flecha de oro penetró en el cuerpo de Apolo, una pasión de remolino enloquecido se apoderó de su alma. El joven dios se enamoró al instante de Dafne. Desesperado, corrió bosque adentro en busca de su amada. Ramas y hojarasca le arañaban la cara, pero Apolo corría sin inmutarse, como un caballo desbocado, entre raíces, arbustos y arroyos.
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De repente se detuvo. Dafne estaba allí. Bellísima. Indescriptible. Una luz juguetona se perdía entre sus cabellos de seda y se reflejaba en el agua del lago que la rodeaba. "¡Dafne, amada!", gritó Apolo el enamorado, y aquel grito fue como una señal de alarma para la ninfa, que, al verle, comenzó a correr y se perdió de nuevo entre los caminos del laberinto silvestre. "¡Dafne, Dafne, vuelve, espérame, vuelve! ¡No te quiero mal, ninfa preciosa! ¡Espérame!", bramaba Apolo, afligido.
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La ninfa corría y corría, huyendo del amor del dios; pero este, más rápido, a cada paso se acercaba un poco más a su presa. La ninfa fugitiva llegó a la orilla del río Peneo, su padre, y asustada suplicó: "¡Padre, padre, haz algo, lo que sea, para salvarme de las garra de este dios embriagado!". Peneo, oyendo la voz atemorizada de su hija, decidió convertirla en laurel para salvarla de Apolo.
Por eso, cuando los dedos del dios tocaron la piel de Dafne, esta se había transformado en corteza. Cuando los dedos del dios tocaron los cabellos de la ninfa, estaban llenos de hojas verdes. Apolo, desesperado, abrazó a la ninfa con fuerza, como si así pudiera detener la metamorfosis vegetal; pero entre sus brazos solo encontró un tronco frío y delgado. Llorando de rabia, Apolo, el desafortunado arrogante, gritó al río Peneo: "Ya que Dafne no ha podido ser mía como ninfa, lo será como árbol. A partir de ahora, ¡el laurel será mío para siempre!".
Desde entonces, Apolo, dondequiera que fuera, siempre llevaba una rama de laurel para recordar el aroma de aquella ninfa perdida. Por eso, esta planta acabó convirtiéndose en uno de los símbolos más emblemáticos del dios.
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