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Los humanos viajamos hoy mucho más que en ningún otro momento de nuestra historia. Pero casi nunca lo hacemos solos. Ya sea porque así lo queremos o porque no nos demos cuenta. Muchas especies de organismos se convierten en nuestros compañeros habituales de viaje. Cuando llegamos al destino, algunas de estas especies pueden convertirse en invasoras de sus lugares de acogida.
Las invasiones biológicas nos cuestan cada año, en todo el mundo, hasta cinco veces el presupuesto de la guerra de Iraq y son la segunda causa de pérdida de biodiversidad, después de la destrucción de hábitats.
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Desde que fueron introducidos en Australia a mediados del siglo XIX, los conejos se han convertido en una de las peores plagas del continente australiano, gracias a su enorme capacidad para multiplicarse y a la ausencia de depredadores. Fotografía: Ray Doherty
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¿Qué son las especies invasoras?
Todo el mundo se imagina una invasión como un proceso planeado y violento, con el objetivo bien definido de ocupar un territorio a la fuerza para disfrutar de unos recursos que hasta entonces pertenecían a otros individuos. Contrariamente a lo que sucede en las invasiones humanas, en una invasión biológica nadie tiene ninguna intención de invadir nada: el objetivo es simplemente sobrevivir.
Todas las especies tienden a ocupar todo el espacio que pueden si no encuentran obstáculos que se lo impidan, como por ejemplo un clima adverso, una barrera geográfica o la presencia de competidores, predadores, parásitos... La globalización del comercio, los avances tecnológicos en infraestructuras y transporte, y el cambio climático han roto muchas de estas barreras naturales, poniendo en contacto especies que nunca se habrían encontrado. ¿Qué sucede cuando una especie llega a un lugar en que nadie la conoce?
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El proceso de invasión
Sólo el 10% de las especies que son transportadas por los humanos, como resultado directo o indirecto del comercio, o que llegan por cambios más o menos repentinos de las condiciones climáticas, consiguen sobrevivir en la región de acogida. Cuando esto sucede, las denominamos especies alóctonas para diferenciarlas de las especies autóctonas, que son las propias de la región. El 90% de las especies alóctonas no pueden completar sus ciclos vitales en los lugares donde llegan y desaparecen. El 10% restante sí que los completan y llegan a crear una población local sin la ayuda de los humanos. A estas especies las llamamos naturalizadas. De las especies naturalizadas, sólo el 10% tiene la capacidad de dispersarse eficazmente en el nuevo territorio y ocupar nuevos espacios donde creará nuevas poblaciones, no tan sólo sin la ayuda de los humanos, sino muchas veces también pese a nuestros intentos de hacerlas retroceder. Éstas son las especies invasoras.
Si sacamos la calculadora, vemos que sólo una de cada mil especies movilizadas es invasora, y no todas las invasoras causan problemas graves. Aun así, la cantidad de especies introducidas actualmente es tan grande en muchas regiones del mundo que este pequeño porcentaje es suficiente para hacer tambalear seriamente muchos ecosistemas y muchas economías.
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